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"NO RENUNCIAREMOS A LA VIDA EN EL PLANETA"

Óscar Arias Sánchez, Presidente de la República
Lanzamiento de Paz con la Naturaleza
Teatro Nacional, San José, 10 de julio de 2007

Muchas gracias por acompañarnos esta noche. Quiero agradecer la presencia en este acto del Presidente de la República de Honduras, José Manuel Zelaya Rosales, y del Dr. Christian Samper, quienes han venido desde sus países para compartir con nosotros uno de los momentos más importantes de la presente Administración.

Amigas y amigos:

La literatura occidental inicia con la cruenta descripción de una guerra macabra: la descripción homérica de la Guerra de Troya. Desde entonces, y a través de los tiempos, nuestra historia ha sido marcada por la visión de escenarios dantescos. De guerra en guerra, de destrucción en destrucción, hemos contado los años y las décadas, hemos visto pasar las edades y los siglos, a partir de los horrores que las guerras continuas nos iban retratando. Nuestra memoria histórica guarda imágenes de aniquilación absoluta. Como especie, podemos evocar la imagen de una madre que marcha con sus hijos en medio de un pueblo que ha sido bombardeado, buscando entre las ruinas los restos de su hogar. Podemos evocar la imagen de un joven soldado que, volviendo a su casa, no encuentra más que humo y escombros. Podemos evocar la imagen de una niña perdida en una inmensa ciudad en llamas, buscando en medio del llanto una mano que estrechar, una puerta que tocar. Podemos evocar la imagen de un hombre que, escondido en el sótano de un edificio sitiado, reza con fervor porque su familia continúe con vida. Estas son las imágenes de la guerra, la guerra entre los seres humanos.

Hoy estamos aquí por el surgimiento de una nueva visión dantesca, una que constituye, más bien, una previsión: la que nos retrata la guerra entre los seres humanos y la naturaleza. Imagínense un desierto cuyas extensiones son imposibles de vislumbrar, con tierra resquebrajada que no se puede pisar, a causa de las infernales temperaturas. Imagínense un planeta en donde la vida ha sido desplazada y sólo las cucarachas, o tal vez ni siquiera ellas, puedan habitar. Imagínense un mundo cuya paleta de colores, hasta ahora infinita, se reduzca a una escala de grises y cafés oscuros. Imagínense un aire enviciado, imposible de respirar.

“Esto no es un mal plagio del delirio de Juan en su destierro de Patmos”, como dijera en un discurso Gabriel García Márquez. No estoy describiendo el Apocalipsis, sino, sencillamente, el mundo que nos espera si no hacemos algo aquí y ahora mismo, para declarar la Paz con la Naturaleza.

Hace 59 años, Costa Rica le declaró la paz al mundo y abolió sus fuerzas armadas, convirtiendo las húmedas paredes de los cuarteles, en cálidos salones de clase para los estudiantes. Hace 20 años, la fuerza moral de nuestra nación convocó a los cinco Presidentes centroamericanos a sentarse en torno a una mesa, y firmar el Acuerdo de Paz que silenció las armas en nuestra región. Hoy, hay otro Acuerdo de Paz que firmar, y otras fuerzas armadas que esperan su abolición: debemos firmar la paz con nuestro ambiente y debemos abolir las fuerzas que lo destruyen.

No podemos seguir así. Estamos disparando dióxido de carbono a nuestra atmósfera en niveles sin precedentes. La lluvia ácida cae sobre nuestros campos como minúsculas bombas desde el cielo. Árboles más antiguos que este mismo Teatro, están siendo derribados por tractores como tanques. Nuestros mares están siendo dinamitados. Nuestros bosques están siendo atacados. El mundo entero es un campo de batalla, y tenemos que decidir si seremos nosotros los soldados que matan, o si, por el contrario, seremos los signatarios de una paz duradera con el planeta. Creo que no dudaremos en saber en cuál de estos dos bandos se enlista Costa Rica.

Nuestro país decidió declarar Paz con la Naturaleza hace mucho tiempo, con ese mismo nombre, o con otros distintos. Créanme que no hubiéramos llegado adonde estamos si no hubiera sido así. Lo que pretendemos con esta Iniciativa es darle un impulso mayor a la tendencia ecologista de Costa Rica, es dar un salto, cuantitativo y cualitativo, que nos lleve más allá en la lucha por conservar y preservar nuestros recursos naturales.

Algunos podrían afirmar que, dentro de todos los países del mundo, Costa Rica es el que menos debería sentirse obligado a asumir más compromisos en materia ambiental. Pero si vamos a liderar con el ejemplo, es justo que admitamos nuestros propios errores. Si vamos a alzar por todo el mundo un verde estandarte de paz, entonces tenemos que asegurarnos de que ese estandarte no tenga manchas ni agujeros.

Es cierto que somos uno de los pocos países en vías de desarrollo que han recuperado parte de su zona boscosa en los últimos veinte años, pero también es cierto que hay basura en muchos de nuestros ríos y nuestros mares. Es cierto que un cuarto de todo nuestro territorio se encuentra protegido, pero también es cierto que hay tala ilegal en esos y muchos otros lugares. Es cierto que más del 95% de nuestra energía proviene de fuentes renovables, pero también es cierto que seguimos dependiendo de los combustibles fósiles para el transporte y para muchas de nuestras actividades cotidianas. Es cierto que tenemos playas certificadas por su limpieza, pero también es cierto que nuestro manejo de desechos sólidos es insuficiente y precario. En síntesis, es cierto que somos un país que respeta el ambiente, pero también es cierto que somos un país que podría respetarlo mucho más.

Por eso enumeraré cuatro acciones, cuatro compromisos que, en el ámbito interno, asumirá nuestro país a partir de este momento: la neutralidad en carbono para el año 2021, liderada por el Poder Ejecutivo a partir de ahora; un plan de gestión ambiental obligatorio para las instituciones del Estado; el aumento en la cobertura boscosa y las zonas protegidas; y la promoción, en nuestro currículo escolar y colegial, del aprendizaje sobre el desarrollo sostenible y la educación ambiental. Estos son compromisos adicionales a las obligaciones internacionales que ya hemos contraído. Los asumimos porque creemos que si Costa Rica puede hacerlo, con su economía diminuta y su subdesarrollo a cuestas, no existe ninguna justificación para que otras naciones no lo hagan.

Primero. A partir de este momento, Costa Rica se compromete a ser neutral en carbono, o “C-Neutral”, para el año 2021. Esta es una meta ambiciosa, que requerirá para su realización de la ayuda de todos los ciudadanos y de los próximos gobiernos. Vamos a compensar las emisiones de carbono que liberamos, con dosis equivalentes de oxígeno para que, llegado el 2021, Costa Rica no contribuya en nada con el calentamiento global y el deterioro del aire que respiramos. En verdad les digo: abolir las emisiones netas de carbono será, para nosotros, el equivalente a la abolición del ejército que hiciera don Pepe.

El Poder Ejecutivo liderará este esfuerzo. Por eso, a partir de este momento, asumo el compromiso personal, e invito a todos mis Ministros, Viceministros y Presidentes Ejecutivos a que hagan lo mismo, de hacer que todos nuestros viajes al exterior sean neutrales en carbono.

¿Cómo haremos esto? A través de un cálculo del Fondo Nacional de Financiamiento Forestal (FONAFIFO), cada uno de nosotros pagará, a título personal, el costo ambiental de su salida al extranjero. Esos recursos serán utilizados por FONAFIFO para proteger nuestros bosques o para reforestar. Al final, todos obtendremos una certificación de que nuestra huella ambiental al viajar al extranjero ha sido compensada. De esta manera, cuando volemos hacia lugares lejanos a hablar sobre la responsabilidad ambiental, dejaremos no sólo el rastro blanco de los aviones en el cielo, sino también el rastro verde de los seres humanos en la tierra.

Este es el primer paso hacia la neutralidad en las emisiones de carbono. Numerosas acciones complementarán este esfuerzo, entre las que destaca una reducción significativa del impuesto sobre los automóviles híbridos, y otros tipos de vehículos que usen fuentes renovables de energía, para acelerar la sustitución de nuestra flotilla vehicular por automóviles que no lesionen el ambiente, ni propicien el calentamiento global.

El segundo compromiso a lo interno del país lo concretaremos con la firma, en este mismo acto, de un Decreto Ejecutivo que obliga a toda las instituciones del Estado a elaborar, y poner en práctica, un plan de gestión ambiental.

Estoy convencido de que el Estado no puede exigirle a los ciudadanos que utilicen responsablemente los recursos, que ahorren energía y respeten las normas ambientales, si no cumple primero con sus propias exigencias. Por eso, a partir de este Decreto, desde el Poder Ejecutivo daremos una clara señal de que nuestra paz no sólo es cierta y palpable, sino que es obligatoria y liderada por el Estado.

El tercer compromiso que les he mencionado, es el aumento de nuestra cobertura boscosa y nuestras zonas protegidas. Vamos a expandir el sistema de Pago de Servicios Ambientales a través del FONAFIFO, para que alcance una cobertura de 600 mil hectáreas. Ya hemos iniciado esta tarea. Nos hemos comprometido a plantar 5 millones de árboles a lo largo del 2007, en el marco de una campaña cuyo lema, “A que sembrás un árbol”, fue sugerido por jóvenes costarricenses. Llevamos plantados alrededor de millón y medio de árboles y, con el advenimiento de la época lluviosa, plantaremos los tres millones y medio restantes. Esto nos convertirá en el país con más árboles per cápita y por kilómetro cuadrado en el mundo.

También estamos expandiendo nuestros sistemas de corredores biológicos. Ya hemos incluido un nuevo corredor para las lapas a través del Parque Nacional La Cangreja. Estos corredores aseguran el tránsito de aves y animales, y garantizan la conservación ambiental de todas las especies de flora y fauna, que tanto sufren por la destrucción de su hábitat.

Finalmente, nos comprometemos, a partir de este momento, a promover el aprendizaje del desarrollo sostenible y la educación ambiental, en los programas escolares y colegiales. Este es un compromiso de gran trascendencia: si pretendemos cambiar el mundo, deberíamos empezar por nuestras aulas.

Mi generación, y muchas generaciones que antecedieron a la mía, crecimos pensando que nuestro deber y nuestra responsabilidad era producir alimentos. Eso era lo que nos enseñaban en la escuela: había que extender la frontera agrícola y ganadera del país, había que “volcar montaña”, como decían entonces, y “volcarla” significaba destruir nuestros bosques. En una carta escrita en 1930, mi abuelo, Julio Sánchez, al referirse a un señor que había invadido su finca, decía: “Cuando el chino José Sing me vendió “Brazo Seco” yo pude haberle armado camorra. Usted sabe que toda esa finca está en propiedad de “Taboga” y que él no podía venderme lo que era mío. Pero lo que me pertenecía era la montaña virgen, y el chino me vendía milpas, repastos, casa y tierra limpia y cercada. Se la compré sin hacerle reparos, porque eso era lo justo”. Hoy tenemos que luchar por hacer exactamente lo contrario. Nuestra responsabilidad es conservar la montaña virgen, nuestra responsabilidad es pagar porque así se mantenga. Si vamos a realizar este cambio en la práctica, si vamos a romper con esa herencia generacional que nos impulsa a “volcar montaña”, tenemos que empezar por hacer este cambio en la enseñanza. Por eso incluiremos la educación ambiental en el currículo escolar y colegial, para asegurarnos que nuestros niños y jóvenes no se acostumbren sólo a restar los árboles de nuestra naturaleza, sino también a sumar los bosques, a multiplicar los manglares y a darle a nuestras especies un valor exponencial.

Estos cuatro compromisos los asumimos a lo interno de nuestro territorio. Representan la paz que acordamos con nuestra pequeña franja de tierra. Pero no queremos limitar nuestros esfuerzos al espacio que comprenden nuestras fronteras, que no son más que líneas trazadas en el aire por nosotros mismos. Las emisiones de carbono en cualquier parte del mundo, provocan calentamiento global en todo el mundo. Las sequías en una parte del planeta, provocan hambrunas en la otra. No somos testigos del deterioro ambiental que ocasionan las demás naciones, somos sus víctimas. Por eso es esencial que Paz con la Naturaleza sea una iniciativa internacional. Costa Rica puede ser un faro en la tormenta, pero sólo el mundo entero puede ser un sol resplandeciente.

Por eso hoy quiero anunciar cuatro acciones que Costa Rica impulsará en el ámbito internacional, para liderar la cruzada a favor de la protección ambiental y en contra del calentamiento global: vamos a liderar una red internacional de países neutros en carbono; vamos a impulsar la creación de un sistema global de retribución a la deforestación evitada, como mecanismo para asegurar la conservación y preservación del bosque primario; vamos a respaldar el canje de deuda externa bilateral con base en la protección ambiental; y vamos a apoyar una iniciativa internacional a favor del establecimiento de un canon a la emisión de dióxido de carbono.

Desde que se hizo pública la intención de Costa Rica de convertirse en un país neutral en emisiones de carbono, intención que hemos formalizado en este evento, dos naciones han seguido nuestro ejemplo: Noruega y Nueva Zelanda. No me cabe la menor duda de que muchas más se sumarán a nosotros, y que conformaremos una red internacional de países neutrales en emisiones de carbono, que sirva como muralla moral frente a las ambiciones egoístas de algunos, que pretenden seguir lucrando a costa de nuestro futuro.

Una red de países diciendo en los más diversos idiomas, desde los más variados lugares, bajo las más distintas banderas: “no renunciaremos a la vida en el planeta”.

La segunda acción que, a partir de ahora, impulsaremos en el ámbito internacional, es la creación de un sistema de retribuciones para los países que cuentan con bosque primario, con el interés de que tengan un incentivo para no deforestarlo. Una de las más evidentes carencias del Protocolo de Kyoto, es que constituye un mecanismo de reconocimiento a quien reforesta, pero no a quien no deforesta.

La diferencia es esencial: la destrucción de bosque primario trae para el mundo consecuencias nefastas, que no pueden ser solventadas por la reforestación, por intensa que ésta sea. Con la reforestación no se pueden proteger las cuencas hidrográficas que ya fueron destruidas, no se puede recuperar el ecosistema que ya ha sido vulnerado, no se pueden reestablecer los ciclos biológicos que ya han sido interrumpidos. Piensen, por un momento, en la Venus de Milo o en la Victoria de Samotracia; piensen en los frescos de la Capilla Sixtina o en las pinturas rupestres de la Cueva de Altamira; piensen en las Pirámides de Giza o en la Muralla China, ninguna de estas obras podría reconstruirse, ninguna podría reemplazarse en caso de ser destruida. Lo mismo sucede con el bosque primario. Es una obra de arte de nuestro planeta. No podemos pretender sustituirlo con bosque reforestado, como no podemos pretender sustituir el Taj Mal con una réplica.

La reforestación debe ser siempre un Plan B. Para que así sea, países como Costa Rica, Congo, Papúa Nueva Guinea y Brasil, deben recibir incentivos que les permitan conservar sus bosques primarios. No es justo que las naciones que se desarrollaron a costa de la más devastadora destrucción ambiental, nos pidan ahora que nos desarrollemos nosotros protegiendo el aire que les permite respirar, sin darnos nada a cambio.

La tercera acción que impulsaremos en el exterior es la implementación de mecanismos de canje de deuda externa bilateral por conservación ambiental. El mundo podrá empezar a asfixiarse dentro de algunos años, pero los países en vías de desarrollo llevan mucho tiempo de sentirse asfixiados. El peso abrumador de deudas bilaterales impagables, cuyos intereses crecen como espuma en un río contaminado, ahogan, desde hace muchos años, a estos países. La historia ofrece a las naciones industrializadas una oportunidad única: darle un respiro a los países en vías de desarrollo, a cambio de unas bocanadas de aire puro.

Países como Ruanda, Burundi, Congo y Ghana necesitan razones para preservar sus bosques, razones un poco más palpables que un llamado a la solidaridad internacional. Porque cuando hay pueblos enteros con hambre y sumidos en la guerra, porque cuando la miseria, la enfermedad y la ignorancia imperan, es muy injusto pedirle a un país que se sacrifique en beneficio de otros que no tienen ni hambre, ni enfermedad, ni ignorancia, ni miseria. Es mejor establecer un mecanismo de perdón de deuda externa que le permita a estos países no sólo una mayor protección ambiental, sino también un desarrollo humano más elevado para sus habitantes.

Si bien durante décadas las naciones en vías de desarrollo han pedido dinero prestado al mundo desarrollado para solventar sus gastos, también es cierto que, en materia ambiental, el mundo desarrollado está en deuda. Es hora de saldar las cuentas.

La cuarta y última acción que Paz con la Naturaleza impulsará más allá de nuestras fronteras es, en realidad, un endoso a una iniciativa propuesta por el Premio Nobel de Química de 1995, Mario Molina, que propugna la creación de un canon por la emisión de dióxido de carbono Sé que esta iniciativa será difícil de alcanzar, porque implica para los países un gasto considerable. Pero, como bien afirma el profesor Molina, “no tomar ninguna medida, podría tener un costo 20 o 30 veces superior”. Mi buen amigo, el ex Presidente de la Universidad de Harvard, Derek Bok, quien nos visitó precisamente hace veinte años, durante mi primera administración, dijo una vez que: “si usted considera que la educación es muy costosa, pruebe la ignorancia”. De la misma manera, si pensamos que la Paz con la Naturaleza es muy cara, deberíamos revisar el costo de la guerra contra la naturaleza.

En particular para los países que, como Costa Rica, dependemos en gran medida del turismo, el costo del deterioro de nuestro ambiente es, por mucho, superior a su conservación. Lo he dicho muchas veces y lo repetiré cuanto sea necesario: si queremos que hayan hoteles de cinco estrellas en Costa Rica, entonces debemos asegurarnos que los quetzales, las lapas, los monos, incluso los tepezcuintles, disfruten también de alojamiento de cinco estrellas. Si queremos que el motor de nuestro crecimiento económico continúe funcionando, tendremos que empezar ahora mismo a alimentarlo con fuentes de energía distintas a los combustibles fósiles. Y si queremos ver fluir el dinero de nuestras empresas, primero debemos ver fluir el agua de nuestros ríos, lagos, mares y mantos subterráneos.

Estas son las cuatro acciones que propondremos en el concierto internacional. Constituyen una agenda clara y ambiciosa, que no debe amedrentarnos. Siempre hemos luchado al lado de las presuntas “causas perdidas”, y llevamos casi doscientos años de cosechar victorias. Costa Rica se siente orgullosa de nadar contracorriente y correr sin escudo frente a las balas del pesimismo. Ya hemos demostrado que podemos ser únicos en el mundo, y volveremos a hacerlo.

Estas acciones, nacionales e internacionales, son producto del esfuerzo de la Comisión Presidencial de Paz con la Naturaleza, y de todos sus colaboradores. Más de 150 personas han trabajado y continuarán trabajando en este proyecto, ad honorem. El Doctor Franklin Chang, quien nos acompaña en esta noche, lideró un esfuerzo similar para crear un Plan de medio siglo para la Ciencia y la Tecnología en Costa Rica, que será un instrumento indispensable para alcanzar los objetivos de Paz con la Naturaleza. Porque, como bien lo mencionó Franklin esta mañana, “todos somos astronautas en la gran nave espacial que es la Tierra”. Nos sentimos orgullosos de contar con él entre nuestros tripulantes, y de saber que la Estrategia Siglo XXI será una hoja de ruta en nuestra travesía.

Es hora de actuar. No podemos sentarnos y esperar a ver el resultado de la inercia colectiva, como si fuéramos espectadores de una tragedia shakesperiana. No podemos esperar a que todos los países firmen el Protocolo de Kyoto; no podemos esperar a que decidan qué van a hacer después del Protocolo de Kyoto; no podemos esperar a que sus científicos inventen soluciones milagrosas; no podemos esperar a que sus plantas de carbón dejen de liberar gases a la atmósfera; no podemos esperar a que inviertan en transporte público y aumenten drásticamente la eficiencia de sus combustibles. No podemos esperar a que el resto del mundo actúe, porque, aunque todavía no se nos hayan agotado todas las opciones, ciertamente se nos ha agotado el tiempo.

Amigas y amigos

Inicié mis palabras recordando el primer poema de nuestra literatura occidental. Un poema de guerra. Pero nadie ha escrito todavía el último poema del planeta. Nadie puede llamarse historiador del fin de nuestra especie, nadie puede llamarse cronista de nuestros últimos días. Todavía nos queda tinta en el tintero, y tenemos que decidir qué describiremos con ella: si describiremos un escenario desértico, en donde la muerte haya sido coronada reina; o si describiremos la vida, el agua, el aire y la savia. Tenemos que decidir si escribiremos un último poema de guerra, o si escribiremos, por fin, el poema de nuestra Paz con la Naturaleza.

Muchas gracias.